SOBREVIVIENTES DEL SANJUANERO

“El lindo y pavonado revolver había martillado tres veces / tenia saliva en la boquilla / Julio pensó, otro día será… / Encendió su grabadora y escuchó un poco de Metal” (Bathory, 1.995)

Estaba en llamas cuando desperté, la ciudad también. Pensé en los dedos serpenteados del pianista. Cerré los ojos y el sonido pendular de Charly García hizo eco en mí. Quise levantar el cuerpo, realizarle un ritual sonoro en un bar rockero antes que el efecto del licor abandonará la mente. Ya casi rayaban las diez de la noche en el reloj de arena. El tiempo no estaba de mi lado. Entonces abandoné el letargo, me armé de valor e inicié el recorrido con las botas puestas. Una línea recta desde el cruce de la 37 con “Ambalá” hasta la Avenida “Quinta” seria la ruta más efectiva hacia el objetivo deseado… pero la travesía seria afectada por las jornadas del San Juan.

La ciudad se partió en dos, de la “Quinta” hacia los lados. La mayor parte de la población ibaguereña se encontraba en estado de emergencia folclórica. Algunos habitantes iban fuertemente armados: que una bota llena de guaro, que el rabo`e gallo, que el poncho al hombro y el sombrero al piso; otros solamente seguían los pasos de quienes iban al frente. Pasajeros y visitantes se cruzaban miradas entre las procesiones folclóricas. El tambor batiente anunciaba los gritos de guerra de las multitudes ¡Que vivan las fiestas y las tapas rojas!

Desde el centro a la periferia, en cada calle una fiesta y en cada esquina un borracho. Los principales edificios y locales comerciales o no, parecían campos de concentración cultural y alcohólica. Los cabalgantes sonámbulos se metían contra la corriente y entre la muchedumbre. Los otros, comunes y silvestres, caminaban como gallinas ciegas en busca de unos guarilaques. En algunas esquinas, unas personas a medio morir, pegadas de un poste orinado por otro borracho, con un poncho atado al cuello. Más allá, más borrachos solidarios, arrodillados frente a un decrépito árbol, solo les faltaban las vendas en los ojos y así quedarían dispuestos para ser reportados como “santos positivos”.

Hacia varias lunas que no me sentía amenazado por la identidad regional. El carnaval atmosférico contaminó hasta mi pabellón auditivo. Mi destinación era cualquier trinchera de resistencia cultural y si quería llegar con la integridad intacta, debía esquivar a los borrachos “Klaymore” y las barricadas sonoras. La estrategia seria transitar por los lugares más oscuros y menos poblados o, estar envuelto en una nube de humo y ser invisible ante los enemigos. El tramo final del recorrido estaría como a un cigarrillo de distancia. Entonces recordé una canción de “Amparanoia”: / seguiré caminando / seguiré soñando / aunque me duela / la fiesta que tengo / la llevo aquí / la tengo / la llevo /.

Paso a paso me fui acercando hasta la 37 con Quinta. Logré congeniar pactos de no agresión con los ladrones y esquivar las miradas de los francotiradores. Estaba cerca del ojo de la tormenta cuando la voluntad naufragó por completo. Mi visión inframundo no soportó la emboscada visual: esquinas saturadas por entablados y alambres de seguridad, calles atestadas de troncos uniformados. Sin salida, entonces mis alas cambiaron el rumbo. Llegué de nuevo hasta las puertas de la Avenida Ambalá. Por unos segundos re-pensé en cómo llegar prontamente a mi destino. Levanté la mano y le hice el pare a un taxista. Luego del saludo protocolario, le dije sobre la necesidad de esquivar caballos, carros y gente para que me llevara hasta la 42 con algo. El señor no dudo en intentarlo, pero advirtió que la ciudad parecía zona de guerra y que todas las calles principales estaban cerradas.

- Atención! Atención! Atención! ¡Este pescado esta retrocediendo!

Fue necesario rodear la ciudad por los costados. El recorrido se tardó más de lo esperado. Pasados 30 minutos fui descargado como a tres cuadras del lugar prometido. Desplacé mi decadente cuerpo hasta el parque más profano, me senté en un sillón viejo al lado de un perro mechudo que parecía un metalero cristiano. - Sabes? Las pulgas ricas sueñan con comprarse un perro propio. – Despiértame cuando pase el temblor! Levanté la mirada para contemplar las curvas de la luna y sentí la necesidad de ver la nueva tonalidad rojiza de mí siempre cielo tormentoso.

- ¿Hay alguien ahí adentro? ¡Bienvenido al futuro!

Ya me encontraba en otro carnaval pero esta vez rodeado por amigos de-esperados. Ellos querían farrear de manera singular, bajo el efecto del “Maria Canela” y con el adiós de carnaval. Fui advertido que el lugar de conflagración se llamaba como el cuento de Poe: “¿Nunca Más?”. Me sentía voluntarioso, como las hojas llevadas por el viento, perdí hasta el movimiento. Cuando menos pensé, ya me encontraba en el “más allá”, ubicado con los parceros muy cerca de las salidas de emergencia, sentado en una mesa de cuatro patas y seis sillas, rodeado por desconocidos que convulsionaban al son de nada. Sabía que en ese lugarejo no resistiría ni dos cervezas ni tres cigarros.

Tuve la sensación de haber sostenido una conversación de invidentes. Nadie se miraba a los ojos pero todos eran concientes del lugar que ocupaban. Menos YO. Para bien de “ellos”, recordé el placer amargo de U2: “contigo o sin mí”, o algo así. En aquel momento marqué el número de la médica amiga, también psiquiatra de cabecera, le pregunté si era posible que me prestara una escalera para subir al madero y quitarle los clavos a Jesús el Nazareno. Ella respondió -con su inolvidable voz aguardientosa- que se hallaba ocupada compartiendo y bebiendo con otra paciente, y finalmente recomendó que me agarrara fuerte de la silla eléctrica y que ni por el putas quitara las agujas de las venas. - Caso perdido.

Entonces recordé las escenas “medievales” del “hombre nuclear”, ese espíritu malviviente que por cinco años había resistido las épocas de carnaval, bajo la frase lapidaria de “la última línea de defensa de un estilo de vida: El rock”. Enseguida decidí invocarlo y preguntarle por la nueva ubicación de su territorio. Él dijo que andaba en “SURVIVOR”. -¿Superviviente... dónde queda esa trinchera?- Pregunté de nuevo. Sin malgastar los minutos, el man indicó que abordará el submarino amarillo y me quedará en la zona centro. - ¡Ok. Computer, soldado! Desde el lugar más incómodo logre quitarme los cables de la cabeza y alejarme como alma que lleva el diablo. Caminé unas cuadras más abajo de la 39, me entretuve en una zona casi selvática y de repente paré un taxi. Sin mediar palabra le recomendé al conductor que esquivará hasta los policías acostados. - ¡Por favor, lléveme al CENTRO de la resistencia!

El preámbulo del viaje fue placentero, pero la satisfacción máxima se logró al cruzar las zonas clandestinas de la carrera primera. Desolación. Decadencia. Agonía. La ciudad, su centro, estaba como un velón negro, medio encendido, suave, solitario y callado. Decidí bajarme en la catorce con cuarta para armarle inteligencia a algún metalero y así llegar al lu-bar indicado. Metros después mis declinados ojos ubicaron un par de botas moribundas. Perseguí los pasos errantes y en un santiamén la sombra se detuvo frente a una casa destruida, cuyos escombros también recuerdan un Antiguo “B-arkano”, años atrás purificado por el fuego. Mientras que la sombra echaba humo frente a las ruinas, presentí la letanía del sonido rápido y pesado. - ¡Qué ironía! Las cuerdas se detienen pero el sonido sigue andando. Salvation! Salvation! Salvation! Estaba frente a los sobrevivientes.

Una escalera al infierno acompañaba la escena underground. Bajo fondo, dos televisores se encargaban de la descarga visual. Más allá, las mesas habitadas por comandos metaleros y otros anfibios de la vieja y nueva guardia. Algunos uniformados como combatientes urbanos, otros, con la pinta cotidiana de la condición civil. Juntos compartiendo la alegría liberadora del rock. Unos y otros, el todo distinto, con el puño cerrado y la mano en alto entonando las canciones de la resistencia cultural. La sagrada “Sepultura” daba play a “Orgasmatron”. Enseguida ubiqué la ruta de acceso, me abrí paso entre las cabezas batientes y logré un espacio vacío en la esquina de la barra. Allí, alcancé a ver al Nuclear Man, el salvador de la noche andaba Celebration Day en Detroy City, compartiendo historias épicas, bebiendo los últimos grados de un licor pirata. Medio cigarro antes había tropezado con un “sobreviviente” del Barrio San Diego, y al unísono con otro parcero “re-curado” apodado Archivaldo.

“The Dark Side Of The Moon” me hizo inclinar por los gustos musicales compartidos. En la pantalla los supervivientes de Floyd, pero esta vez acompañados por un Bajista colombiano llamado Chucho Merchán. Solo faltaba el sentimiento Negro del Blues sacrificando su guitarra y su alma entre las llamas… No Remorse. No Repend… la jauría había tomado por asalto nuestra trinchera. El grito triunfal fue entonado por la nueva sangre. Canciones después fui vencido por un Barón Rojo. La cerveza también tomo el control de mi estación central. Atado y prisionero en el laberinto mental. Pensé que la gente trata de ignorar que existen las flores del mal, pero lo cierto es que se multiplican en campos de Metal.

La luz blanca anunciaba la involuntaria estampida. Los hijos de Caín, armados con sus espadas, marchaban hacia otras guaridas. Un dedo peludo daba stop al sonido. R.E.M sostuvo la escena final: una mujer de ojos clandestinos bailando como un dragón entre botellas esparcidas en el suelo, en una de sus manos resistía una cerveza, en la otra, un pescado dentro de una bolsa plástica con agua. Eran los últimos sobrevivientes.

POR ARGEMIRO ROJAS

ark.samael@gmail.com

Ibagué, viernes 30 de Junio de 2006

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